¡Al fin!… ¿Libertad?

Nueve de la mañana. Despierto. Sin fiebre, apenas dolor de cabeza. Mejor sensación que días anteriores. Otro día más tras sumar uno a la cuenta de contagios de no sé qué virus del que hablan mucho en la tele, demasiado. Tengo suerte, al menos, y soy consciente de ello. Tras el desayuno y el desfile de pastillas para paliar los efectos de la enfermedad, comienzo de nuevo a contar las horas para que esto acabe. Otro día más entre cuatro paredes, sin más compañía que un sillón y un par de libros que tenía por ahí pendientes. Resisto, tengo suerte, me lo repito sin cesar. Pero el reloj avanza lento. No avanza. Ya me canso, tan solo un par de horas han pasado. Vuelve el dolor de cabeza que lleva días acosándome, no me da respiro ni siquiera para leer. Me acuesto pero es imposible dormir.

Las paredes blancas comienzan a tener un tono más gris. La luz que entra apenas da para iluminar la pequeña habitación en la que me hallo cautivo. Pero tengo suerte, lo pienso de nuevo. Queda menos para la libertad. Unas horas menos, aunque el reloj parezca empeñado en decirme lo contrario, pero yo sé que avanza, que nunca frena. Tic tac, tic tac… así suena la agonía de cada segundo, impulsada por el deseo irrefrenable de precipitarse en el siguiente una y otra vez. Las horas de luz parecen disminuir y, cuando me doy cuenta, ya ha caído la tarde. El sol pronto me abandonará un día más. Tengo suerte de poder verlo. Lo sé y me lo repito. Sigo el día normal, dolor de cabeza, comer lo que me permita mi escaso apetito y el desfile de pastillas de nuevo. Las paredes ya son grises.

Nueve de la mañana. Despierto. Sin fiebre, apenas dolor de cabeza, incluso menos que ayer. Mejor sensación que días anteriores. Respiro. Existo. Con dificultad trato de leer unas páginas de actualidad, repaso un viejo libro y ojeo las páginas de otro no tan viejo. Me encuentro mejor, pero el reloj sigue sonando. El gris sigue en la pared. Decido dormir.

Nueve y media esta vez. Despierto. Han pasado un par de días más. Quizás tres. Sin fiebre, dolor de cabeza inexistente. Al parecer, ya no estoy infectado. Siento gran alivio, he tenido suerte, mucha suerte. Por fin, disfrutaré la tan ansiada libertad. Al fin salgo de nuevo a la calle. Pero el reloj aún suena dentro de mí, las paredes siguen grises, más oscuras cada vez.

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