Viaje a Ítaca

Cuando zarpé de mi querida Ítaca, salí deseoso de viajes y trepidantes aventuras, de ignotos rumbos y hazañas dignas de las leyendas que escuchaba siendo infante. De eso mucho tiempo ha. Zarpé, y te dejé atrás, mi querida isla. Zarpé sin idea de volver, mas ahora siento la añoranza en el recuerdo de tus bosques y tus playas, de tus montes y comarcas. Rememoro con perlas en los ojos aquellas doradas mañanas en las que el sol se despertaba entre tus colinas; las auroras dando paso a la plateada luna, brillando sobre tus olas. Quería escribirte, mi querida Ítaca, porque desconozco si mi viaje verá retorno. O, quizá, porque soy por fin consciente de que jamás se alzará de nuevo tu belleza ante mis ojos. Quería escribirte, mi querida Ítaca, para que vieras que el mozo que marchó ya es un hombre. Que los años han pasado y, pasando su factura, uno aprende de ellos. Que las costas fenicias y de Egipto, la Magna Grecia y toda la belleza del Mediterráneo no borran de mi ser tu esbelta imagen.

Luché contra los monstruos del camino y contra aquellos que conmigo zarparon de tus playas; luché contra los hombres y las bestias; contra el colérico Mar, que en más de una batalla trató de arrastrarme hacia el abismo. Luché con la única y simple idea en mi mente de protegerte, de mantenerte viva. Todo por no perder la noble imagen de tu belleza. Y viva estás siempre en mi recuerdo. Mas existe un enemigo contra el cual, por más batalla que presente, no hay victoria posible; y temo que de ti me aparte, pues avanza sin descanso.

Durante la juventud probé durante años los sabores y perfumes de las nuevas tierras, aprendí oficios y descifré antiguos pergaminos. Me hice con objetos de valor y vencí cada batalla. Invencible, me pensé, cegado por el terco e insaciable vigor de la mocedad y creí haberte dejado atrás. Por un tiempo imaginé que podría hallar mi lugar en este mundo. Y así, intentaba crear mi propia Ítaca allá donde mi barco fondeaba, mas siempre zarpaba de nuevo en busca de lo desconocido. Siempre con rumbo errante y tus playas en mi mente. No era posible imitar tu perfección, pues solo en ti se encuentra tan dulce tesoro y solo tú tienes el poder para tal obra. En más de una ocasión traté de encontrar una ruta de vuelta, un triunfal retorno tras la epopeya; pero dime, ¿qué te quedaría por darme? Si regresara, ¿tus amaneceres serían comparables a los que nacen en mi ausencia?; ¿tus olas y la plateada luna seguirían brillando igual?; ¿tus valles y colinas, tus azules costas, el tacto de la hierba…? No. Pues tu belleza es inmaculada en mi memoria, y obligado me hallo a mantenerla en su pureza: condenado a servir a mi lejano amor, a mi querida Tierra; mas a no volver a pasear por tus campos ni dormir en tus estrellas. 

Ahora, con la sabiduría de los años, este pensamiento resulta una cuestión cada vez más cristalina. El cansancio, camuflado en la tranquilidad de la vejez, lastra mis viajes mas no los detiene, aunque cierra cualquier vaga esperanza de verte de nuevo. Pero gracias a ti me erigí. Viajé, viví, luché y sufrí, enfrenté las bestias que mi alma llevaba y aprendí que Ítaca estará siempre conmigo. Así, Ítaca, me enseñaste al fin cómo no perder mi batalla contra el tiempo, pues todo cambia, y es de necios negarse a ello; pero inmóvil tengo tu imagen en mi corazón, imperecedera en mi recuerdo. Solo queda mi alma en este barco. Rumbo puesto hacia otro puerto.