Un templo abandonado

Siglos han pasado desde que se levantaron sus arcos. Grandes pensadores pasearon por su claustro y poblaron sus aulas. Todo un templo del saber. Un templo que hemos abandonado y ya pocos recuerdan. La sublimidad de su construcción, el aura que desprende al caminar por sus pasillos, la sensación de atravesar sus grandes portones… todo se ha dejado de lado. Todo reemplazado por prácticos bloques de hormigón, en los que dar una clase tiene menos valor que visitar la cafetería. El estudio, el aprendizaje y el conocimiento han pasado a un segundo o tercer plano. Sustituidos –o mejor dicho, desplazados– por un absurdo aluvión de información que memorizar una semana previa al examen, sin buscar sentido crítico o entendimiento alguno. Vomitarlo entonces sobre un papel y, si hay suerte, conseguir el tan ansiado aprobado y ahorrarte abrir un libro en todo el verano. 

Ante la tentativa de algunos profesores, se opone la terquedad del alumno; y a la pasión y hambre de algunos alumnos, la incompetencia o soberbia de sus maestros. El verdadero problema no es otro que la pérdida de la idea de Universidad: el templo del saber pasa a ser un mero trámite para buscar trabajo. Un escalón más, indiferenciado del instituto o bachiller. El último eslabón de una cadena enfocada únicamente en lo práctico. En encajar dentro de un engranaje. Trabaja. No pienses. No leas. No sepas. Solo haz lo que tengas que hacer. Memoriza esos manuales, vomítalos y trabaja. Así vivirás bien.

No hay lugar para esperanza alguna cuando la educación de una sociedad está perdida. Cuando esta se basa en crear máquinas en lugar de personas. Cuando nos pretenden hacer simples piezas de un engranaje. En nuestro país –más que perdida, desaparecida– la educación se pasea alegremente y sin hilos por el Laberinto de Creta. Manejables. Ignorantes. Así nos quieren hacer por sistema. Tú no pienses, no molestes. Todo camuflado cada vez más bajo el nombre de la igualdad, una falsa igualdad que tiende siempre a la baja. A la mediocridad.

Por suerte, siempre existen unos pocos rebeldes. Unos pocos héroes que se niegan a dejarse arrastrar por la marea. Nadan con todas sus fuerzas hacia una orilla cada vez más lejana y, de vez en cuando, consiguen llegar a ella, se paran a respirar y observan el horizonte. 

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