El siglo de las sombras

Decadencia. Una palabra utilizada muchas veces a lo largo de la historia, normalmente referida al declive de grandes imperios. A la progresiva e imparable marcha cuesta abajo por la que cae sin frenos una civilización. Una palabra que, en definitiva, describe a la perfección la situación de la cultura europea actual. Una cultura que deja de ser tal. Una cultura de la que reniegan sus propios congéneres en aras de una supuesta revolución intelectual, que está muy alejada de merecer tal calificativo. Una razón cultivada durante tres mil años es ahora cautiva del sensacionalismo más barato en forma de hilo de Twitter. Los sabios están en peligro de extinción, la razón ha sido desterrada y el humanismo se ha pervertido de tal manera que ha llegado a convertirse en la principal justificación del odio para buen número de insensatos. Todo en nombre de una noble palabra ya utilizada en otro tiempo, aunque en otras circunstancias y con un significado totalmente distinto: Égalité. La Igualdad, que deja de enarbolar el principio de isonomía –igualdad ante la ley– para dar paso a la justificación del odio y la privación de libertad en aras de una mayor e hipotética Justicia.

Como diría Aristóteles, el nuestro es un claro caso de degeneración democrática. Degeneración que ha dado paso a la Demagogia como forma de gobierno. Y es que no es para menos. Díganme, qué fue de la literatura y la filosofía; dónde quedaron las ciencias, ahora relegadas al más puro utilitarismo; qué fue del interés por el saber. Vivimos en una sociedad sobrecargada de información. En la que tenemos todo el conocimiento al alcance de un simple clic. Nunca en la Humanidad existió sociedad con más posibilidades y peor aprovechadas. Una sociedad fracasada en la educación, en la que el estudiante medio cree firmemente que su cantante favorito es el nuevo Dostoyevski; que los hilos de Twitter tienen más peso que ensayos de Ortega y Gasset; que conoce y cree en la astrología pero ignora a Santo Tomás. Una sociedad condenada por sí misma a la ignorancia. Condenada por sí misma a ser pasto de malos gobernantes, bien sea por su ineptitud o su vileza.

Sin embargo, aún hay quien aguanta la embestida y se niega a sucumbir. Si hay algo que ha dejado claro la Historia, no es otra cosa que la capacidad del ser humano para levantarse tras cada caída. Para resurgir de las cenizas cuando las llamas parecen sofocarse. Para sembrar de nuevo tras una mala cosecha. Para reconstruir sobre las ruinas del desastre. Y es que eso es lo maravilloso, lo fascinante del ser humano: poder ser titular de los peores actos y de las mayores virtudes. 

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