“Apretados unos a otros se fueron a sus casas, ciegos al resto de cosas, triunfando en apariencia de la peste, olvidados de todas las miserias y de aquellos otros que, venidos en el mismo tren, no habían encontrado a nadie esperándolos […]. Pero, ¿quién pensaba en esas soledades? […]. Se bailaba en todas las plazas”.
Este es un fragmento de La peste, del conocido escritor del absurdo, Albert Camus. La peste, tras asolar la ciudad de Orán durante varios meses, desapareció tan repentinamente como había llegado. La cuarentena a la que estaba sometida la ciudad tocaba a su fin. Se levantaba, tras mucho tiempo, el cerco que encerraba a sus habitantes dentro de la urbe y que no les permitía contacto alguno con el exterior –no existía internet–. La felicidad invade las calles. Por fin se dan los reencuentros tan ansiados. La pasión de los enamorados reunidos de nuevo se siente a flor de piel. La epidemia había acabado, pero no sin haber cambiado para siempre a nuestro protagonista, el doctor Rieux. Se levantarán monumentos y se harán discursos en honor a las victimas de tan terrible enfermedad. Se les recordará con gran pena hasta que, pasado el tiempo, ya no sean más que otra triste memoria dentro de la Historia humana. Hasta que queden en el olvido más absoluto. Olvidados todos ellos, junto a cualquier enseñanza que pudiese haber dado la epidemia.
El año acabó hace unas pocas horas. La esperanza de un nuevo y mejor año se cierne sobre la población e invade sus corazones. Ponen toda su fe en que las cosas mejorarán. En volver a la burbuja en la que nos creíamos intocables, a nuestra vida “anterior”, de la que creemos poder tener el control. 2020 fue, en definitiva, un golpe de realidad. Y, además, uno muy duro. Nos ha recordado la simpleza y fragilidad de nuestro mundo. Nos ha demostrado que, por más que nos empeñemos en idealizarla, la realidad siempre está ahí, y es más fuerte que todo el imaginario humano. Para muchos, 2020 ha sido un bache, un mal recuerdo que tarde o temprano se convertirá en una anécdota hasta quedar en el olvido. Para otros, este golpe de realidad les ha recordado que los humanos seguimos siendo parte de este mundo. De todos modos, en los malos momentos, en los momentos de la más cruda y simple realidad, siempre quedarán dioses –tanto divinos como humanos– a los que encomendarse, horóscopos que sirvan como guía, autoayuda que nos devuelva al engaño del idealismo y demás opiáceos que las personas no dudarán en utilizar para evadir la crudeza del mundo real. Porque si gana el Madrid, todo es mejor.
Lo que tiene la realidad es que sobrepasa cualquier forma de idealismo. Que esta crisis acabará, pero aparecerán otras. Que, aunque llevemos siete décadas sin una guerra en Europa –occidental, al menos–, o haya pasado un siglo desde la última gran pandemia, estas cosas forman parte de la realidad –y del día a día en muchos lugares– y siempre estarán ahí.
“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido […] y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.”
Albert Camus, La peste.