En nuestro mundo contemporáneo, las ideologías han adelantado por la derecha y sustituido a las religiones hace ya tiempo. Se han convertido en las nuevas doctrinas sacrosantas, incuestionables, cada una con sus propios profetas, mesías y deidades; además, por supuesto, de contar con buen número de feligreses que no dudarán en tratar de hereje a todo aquel que no comulgue con su Verdad. También han eclipsado a las Ideas y al pensamiento crítico –que se encuentran en horas bajas–, siendo mucho más fácil conformarse con un eslogan corto e hilos de Twitter, y que no falten los grandes intelectuales de Instagram, recordándonos lo que debemos pensar de cada cosa.
Definámonos. La ideología no es otra cosa que la articulación de una serie de ideas en un discurso único y político, que las conjunta y presenta como una verdad universal. Esto es aceptable en el ejercicio del poder: la política. En ella cabe presentar y defender las convicciones como verdades, dejando la discusión de estas y sus pormenores para otro momento y otras personas. Etimológicamente, ideología viene a significar sistema racionalizado de ideas. El problema se da cuando las ideologías se esgrimen más como propaganda que como ideas, perdiendo todo sentido racional que pudieran ostentar y llevando al fanatismo de sus feligreses, que gustosamente se dejan arrastrar por la corriente y defenderán a capa y espada sus doctrinas. Es más fácil creer en una ficción que no exija pensar más de la cuenta, que te sitúe en el bando de los buenos y te enfrente a un enemigo también ficticio, en lugar de intentar ver todas las caras de la moneda y sacar conclusiones propias.
Para más inri, tal y como se articula nuestro Estado, el fanatismo y el miedo son lo único capaz de mantener en el poder a los que dicen ser nuestros representantes –otra ficción de la que ya hablaremos–. A los hechos me remito para sentenciar que la forma de hacer política actualmente se basa en nutrirse de la crispación, del enfrentamiento y del miedo de los españoles. Mientras la sociedad civil se flagela entre luchas cainitas, los oligarcas que la dirigen desde el Estado siguen con su tan lucrativo negocio. Seguirán vendiendo un cambio; vendiendo esperanza y demagogia; vendiendo la lucha contra un enemigo inexistente. Todo para mantenerse en el negocio del poder a costa de los españoles. No piensan cambiarlo, porque viven de él. Y, además, viven muy bien.
La solución parece muy distante, cuando no imposible. Más aún encontrándonos en horas tan bajas para el pensamiento, cuando la falta de ideas es el principal problema de la sociedad occidental en general. Sin embargo, siempre hay un primer paso. Siempre habrá quien reme a contracorriente al darse cuenta de que esta le arrastra hacia un acantilado. Los tiempos difíciles crean generaciones a la altura de ellos. Y no es a nadie sino a nosotros mismos, a cada uno, a quienes nos toca o bien remar con fuerza y remontar el río o decaer hacia las profundidades más oscuras. El primer paso es a priori sencillo, aunque requiere de un buen ejercicio crítico. Consiste en ver que en España, por más que lo repitan los hunos y los hotros, ni hay comunismo, ni hay Libertad.